Los
días que ha durado el Mundial Femenino de Turquía deberían escribirse con oro en la historia del baloncesto español
pero como equipo, olvidándonos de las grandes actuaciones individuales por muy
reconocidas que hayan sido o por muy llamativos que sean sus números porque la
fuerza de esta selección reside en el colectivo. El mérito es haber demostrado
que otro baloncesto, principalmente honesto, en el que como se gana o se pierde
importa, es rentable y por lo tanto recomendable porque la afición responde.
Esta
#SelFem ha jugado igual desde el primer partido sudando desde el primer segundo al último sin pensar en lo que venía
después o a quien tenían delante y sabiendo que si podían ganar de 24 estaban
obligadas a hacerlo. Ver un partido de nuestro combinado nacional ha sido ver
un baloncesto rico en recursos tácticos y técnicos, un baloncesto alegre que
contagiaba, como sus sonrisas, y un baloncesto en el que el grupo prevalecía por encima del
individuo lo que lo embellecía. Todos los partidos el mismo juego pero en lugar
de aburrir creaba adicción en forma de cuando es el siguiente partido o de minutos y minutos comentando todas las jugadas. A órdenes claras, que mala costumbre de la televisión de no dar un
tiempo muerto entero, jugadas ejecutadas y que pase el siguiente
que es como mandan los cánones que se deben hacer las cosas en lugar de pensar
en pasar a la final antes de jugar el primer partido.
Este campeonato debería servir como ejemplo y los partidos, con sus seccionados tiempos muertos, ser mostrados en clinics, cursos y toda clase de actividades relacionadas con la enseñanza del baloncesto para cambiar la mentalidad de entrenadores, jugadores y dirigentes.
Qué
difícil es escribir sin personalizar o concretar en partidos pero haberlo hecho
de otra manera hubiera sido injusto con la importancia de lo conseguido que va
más allá de la medalla de plata por mucho que algunos periodistas de
"élite" se empeñen en otra cosa.
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